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Bélgica va a la deriva


(Publicado originalmente el 27 de enero de 2011)


Nueve meses después de la caída del Gobierno y siete meses y medio después de las elecciones generales del 13 de junio, Bélgica se va a la deriva. Las profundas divergencias entre los partidos de la mayoría flamenca y de la minoría francófona sobre la reforma del Estado y de la financiación de las regiones condujeron ayer al último mediador real a arrojar definitivamente la toalla.

Una pareja se da un beso bajo la bandera belga
Alberto II ha aceptado la dimisión irrevocable del senador socialista flamenco Johan Vande Lanotte y ha iniciado una nueva ronda de consultas para buscar un nuevo mediador para una misión que cada vez más parece imposible: lograr un acuerdo entre flamencos y francófonos y constituir un Gobierno.

“El impasse es total”, titulaba hoy en la portada el diario La Libre Belgique. “Sin compromiso no hay país” titulaba Le Soir. El llamamiento a los partidos políticos por parte de los más de 30.000 manifestantes el pasado 23 de enero en las calles de Bruselas a consensuar un Gobierno no ha servido de nada. “Vergüenza”, titulaba el diario flamenco De Morgen, recogiendo el eslogan de los manifestantes.

Los partidos flamencos y francófonos se responsabilizaban hoy mutuamente del nuevo fracaso de la clase política belga. Los flamencos acusan a los francófonos de encerrarse en un inmovilismo y los francófonos les reprochan de pretender reformas irrealistas.

Amo a Bélgica en neerlandés
Los independentistas de la Nueva Alianza Flamenca (NVA), vencedores de las pasadas elecciones, y los democristianos flamencos (CDV), segunda fuerza política flamenca, reclaman en su última propuesta como mínimo una regionalización de las políticas de empleo y asistencia sanitaria. “Inaceptable”, han respondido los socialistas (PS) y centristas (CDH) francófonos, que ven en ello la ruptura de la solidaridad interna del país y la preparación del desmantelamiento de Bélgica.

Flandes, la región más poblada, más rica y más dinámica del país, reclama un sustancial incremento de competencias y una modificación radical del sistema de financiación para reducir las cuantiosas transferencias de fondos hacia la deficitaria y empobrecida comunidad francófona, con una baja recaudación fiscal, un paro muy elevado y cuantiosos subsidios sociales.

La unión hace la fuerza, dice la pancarta 
Los partidos francófonos quieren limitar el alcance de la reforma y de la financiación regional por temor a ver reducidos sustancialmente el dinero público que la comunidad francófona recibe del Estado, lo que obligaría a recortar las prestaciones sociales o a subir los impuestos ya muy elevados.

Todo el mundo coincide en que la convocatoria de nuevas elecciones no resolvería los problemas, sino que radicalizaría aún más la situación. Mientras el monarca inicia una nueva ronda desesperada de consultas, Bélgica se encamina a batir el récord mundial de país sin Gobierno, superando a Irak, como muestra implacablemente el contador digital de la web Le Record du Monde.

Bélgica, una crisis existencial


(Publicado originalmente el 24 de mayo de 2010)

A tres semanas de unas elecciones legislativas clave para el futuro de Bélgica (13 de junio), el país da la impresión de ir más a la deriva que nunca. Mientras los partidos y la población flamenca se preparan para acudir a las urnas con el decidido objetivo de transformar el actual Estado Federal en un Estado Confederal, la población francófona parece dominada por la apatía y los partidos francófonos, anclados en una estrategia de resistencia numantina a las exigencias de la mayoría flamenca, no parecen capaces de presentar ninguna alternativa viable al progresivo desmantelamiento del estado belga que va realizando Flandes.
Joven belga a favor de la unidad del país
Bélgica es un país fracturado desde hace muchos años, en el que las comunidades flamenca y francófona viven cada vez más separadas y de espaldas una de la otra, con una creciente radicalización nacionalista en Flandes en cada una de las elecciones desde el inicio del nuevo siglo.
La enésima crisis política del país, con la tercera dimisión del primer ministro, Yves Leterme, en tan solo dos años, y la convocatoria de elecciones anticipadas a causa de los conflictos regionales, refleja esa realidad social con toda su crudeza.
Tras las elecciones de junio del 2007, Bélgica necesitó diez meses de tormentosas negociaciones políticas para lograr formar una inestable coalición gubernamental democristiana-liberal-socialista de cinco partidos. Después de los comicios del 13 de junio, la tarea se presenta todavía más ardua e incierta.
SIN BASE PARA UN CONSENSO
Las posiciones entre los partidos flamencos y francófonos son tan distantes que no existe una base encima de la que construir un consenso sobre el modelo de estado y de relaciones entre las dos comunidades. «¿Este país tiene aún algún sentido?», se preguntaba en la portada el principal diario francófono Le Soir el pasado 23 de abril, condensando en una sola frase la situación real de Bélgica.
Letrero en francés tachado en Kraainem
La actual crisis es fruto de la pugna entre flamencos y francófonos por el control político y lingüístico de la periferia de Bruselas. Pero es mucho más profunda y va mucho más allá del bloqueo de la escisión del distrito electoral y judicial que une Bruselas con los 35 municipios flamencos de su periferia que ha hecho caer al Gobierno. Es la propia concepción de Bélgica y de la convivencia de las dos comunidades lo que está en cuestión.
Flandes, la comunidad más poblada, rica y dinámica de Bélgica, se ha transformado a lo largo de las últimas décadas en una nación de facto, con una agenda y unos objetivos políticos propios y con la voluntad de convertirse a la larga en un Estado.
Tras la segunda guerra mundial, los flamencos, la comunidad históricamente pobre, marginada y despreciada social y políticamente, han ido asumiendo paulatinamente un creciente peso económico y político en Bélgica, que les ha permitido lograr un reconocimiento de derechos regionales y lingüísticos cada vez más amplio. Ahora, al sumar el 60% de la población, detentan asimismo la mayoría del Parlamento federal.
RADICALIZACIÓN  NACIONALISTA
El éxito electoral de la extrema derecha independentista flamenca, el Vlaams Belang (Interés Flamenco, antiguamente denominado Vlaams Blok) ha empujado además a los demás partidos flamencos a asumir unas posiciones cada vez más nacionalistas y exigir poderes cada vez más amplios para Flandes.
Oficina del Vlaams Belang en Mechelen
La disolución del antiguo partido nacionalista flamenco Volksunie (Unión Popular) en 2001 y la integración de parte de sus miembros en los demás partidos flamencos han acentuado esta tendencia.
La Nueva Alianza Flamenca (NVA), donde se agruparon la mayoría de los antiguos miembros de Volksunie y que defiende la independencia a medio plazo de Flandes, aparece precisamente como favorito en las elecciones y los primeros sondeos le auguran convertirse en el partido con más diputados en el nuevo Parlamento federal belga: 22 de 150 escaños.
La NVA obtendría, según los sondeos, el 22,9% de los votos de Flandes, 4 puntos por delante de los democristianos (CDV). Sumando los votos atribuidos a las fuerzas radicales, Vlaams Belang (12,5%) y Lista Dedecker (3,9%), los partidos que apoyan la independencia de Flandes suman casi el 40% de las intenciones de voto.
Sede de la presidencia de Flandes en Bruselas
Tras obtener un Estado Federal en 1993, el objetivo ahora de Flandes es lograr un Estado Confederal, con una total regionalización de los impuestos y de la seguridad social, que la minoría francófona teme que sea la antesala de la escisión definitiva.
A LA DEFENSIVA Y SUBSIDIADOS
La comunidad francófona representa alrededor del 40% de la población y vive repartida en Walonia y Bruselas. Frente a los flamencos que tienen Flandes como referencia identitaria nacional, los francófonos son quienes defienden una Bélgica lo más integrada posible, porque necesitan las subvenciones con los fondos recaudados en Flandes para mantener su nivel de vida y porque si Bélgica se disuelve no les queda nada.
Manifestación de mayo de 2010
La antaño todo poderosa comunidad francófona, que dominó económica, social y políticamente Bélgica hasta hace unas pocas décadas, se encuentra a la defensiva. Está empobrecida tras las sucesivas crisis de la minería y de la industria siderometalúrgica y por la pérdida de la riqueza procedente del Congo, sin que haya sido capaz de generar un nuevo tejido empresarial potente que sustituya al perdido.
Sin las transferencias procedentes de Flandes, la protección social francófona debería recortarse en un 30%, según determinados estudios. La comunidad francófona no ha sido consciente del enorme esfuerzo financiero que ha supuesto para Flandes esas ayudas, ni del malestar creciente que se generaba en el norte del país por el autoabandono de Walonia a una crisis endémica y por su acomodo a una cultura del subsidio y al seguro de paro prácticamente eterno.
SIN  NEXOS  DE  UNIÓN
La fijación de la frontera lingüística definitiva que instauró una división de Bélgica por la mitad en 1962, alejó decisivamente a una comunidad de otra. Desde hace varias décadas no hay ningún partido de ámbito estatal y las relaciones entre los partidos flamencos y francófonos de la misma familia política son nulas. La fragmentación alcanza todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso las federaciones deportivas están separadas.
Libros sobre la crisis política belga  
Cada comunidad vive en su mundo, ve televisiones diferentes y  lee unos diarios diferentes que sólo dan noticias negativas de lo que ocurre en la otra parte del país: Corrupción francófona, impunidad de los delincuentes y abusos de la protección social en los medios de comunicación flamencos y corrupción flamenca y persecución de los francófonos en Flandes en los medios de comunicación francófonos.
Hasta las novelas, las películas, los programas televisivos y los cómics de éxito son diferentes a un lado y otro de la frontera lingüística. Los flamencos suelen saber francés, pero evitan hablarlo en su territorio, mientras que un alto porcentaje de francófonos no sabe neerlandés. 
Joven con la bandera belga pintada en la cara
En este contexto, los flamencos exigen acabar con el distrito electoral y judicial de Bruselas-Hal-Vilvoorde (BHV) para establecer la homogeneidad territorial, política y lingüística de Flandes y para frenar lo que consideran una creciente «invasión francófona» de su territorio.
Los partidos francófonos se resisten a esa escisión porque recortaría el derecho de los 150.000 francófonos que residen en la periferia flamenca de Bruselas a ser juzgados en francés, a utilizar en francés en sus relaciones con la administración y a votar a partidos de su lengua. Los francófonos consideran esa escisión como una vulneración de las garantías dadas cuando se fijó la frontera lingüística del país. Para los flamencos es esencial consolidar la frontera lingüística como frontera política, mientras que los francófonos ven en ello la preparación de la independencia de Flandes.
APATÍA Y DESCRÉDITO
Pese a ese temor francófono a la ruptura del país, la movilización ciudadana en defensa de la unidad de Bélgica es muy débil. Las banderas tricolores belgas han reaparecido en las ventanas y balcones de la capital, pero con menos intensidad que en el 2007, y la manifestación celebrada el pasado 16 de mayo en Bruselas en defensa de Bélgica fue un fracaso. Apenas participaron en ella unas 3.000 personas, mientras que en el 2007 una manifestación similar movilizó a 35.000 personas en la capital, aunque también supuso una participación escasa para una población francófona de unos 4 millones de personas.
Bandera belga en Bruselas en una vivienda
A la apatía ciudadana se suma un marcado descrédito de los políticos belgas, en especial de los francófonos, con la acumulación de casos de corrupción, prebendas y apaños entre amigos y cada vez más alejados de la realidad cotidiana de los ciudadanos. 


Los partidarios de boicotear el voto obligatorio para expresar su repulsa al establishment político, a pesar del riesgo de ser multados con 55 euros, se están mostrando muy activos. Esta campaña ha encontrado el respaldo público de figuras destacadas, como el cantante flamenco Stijn Meuris. El web www.jenevotepas.be ha conseguido más de 5.000 adhesiones en muy pocos días y otros grupos en Factbook,  que proponen ir a la piscina en lugar de acudir a votar también acumulan más ya más de 12.000 adherentes.

Bélgica, un país marcado por la Primera Guerra Mundial


(Publicado originalmente el 13 de noviembre de 2008)

Bélgica es un país marcado por la Primera Guerra Mundial. Las fuerzas desatadas por aquella carnicería sin fin determinan el presente social y político cotidiano del fracturado país aún hoy, 90 años después del Armisticio que puso término a "la Der des Ders" (la Última de las Últimas), cuya solemne conmemoración se celebró el pasado 11 de noviembre.

Estatua de un soldado belga caído en la guerra
A diferencia de Alemania y Austria, que sufrieron enormes amputaciones territoriales tras la Gran Guerra, Bélgica amplió su territorio nacional con la incorporación de los cantones alemanes de Eupen y Malmedy y sus posesiones coloniales en el corazón de África con Rwanda y Burundi. Pero la traumática ocupación alemana --suave en comparación con la de la Segunda Guerra Mundial-- y la extrema dureza de los más de cuatro años de guerra de trincheras en Yser, en el extremo occidental del país, desencadenaron un combativo nacionalismo flamenco, que determina hoy el debate existencial belga y la división del país en dos comunidades separadas.


La conmemoración del Armisticio es una de las festividades políticas más importantes del país. Por parte de la comunidad francófona la festividad está asociada a la propia supervivencia histórica de Bélgica, mientras que en Flandes se vincula a la reivindicación nacionalista y a un pacifismo en las antípodas de la exaltación de la patria belga.


Tras la finalización del conflicto, la Bélgica francófona exaltó los héroes salvadores de la patria, con el rey Alberto I al frente de todos. Fueron glorificados el alcalde de Bruselas, Adolphe Max, el cardenal Mercier, el general Mathieu Leman (defensor de Lieja), el general Jules Marie Alphonse Jacques (defensor de Dixmude),  numerosos oficiales y la joven Gabrielle Petit (espía al servicio de Gran Bretaña), entre otros.


La glorificación de estas figuras, sin embargo, se limitó a la Bélgica francófona. La comunidad flamenca, desprovista de oficiales, carecía de grandes héroes que encajaran en el molde de salvadores de la patria. Por ello, la comunidad flamenca se orientó a exaltar los valores universales de la fraternidad humana y adoptó una actitud de rechazo a la Gran Guerra, como reacción frente una Bélgica francófona, que les despreciaba y oprimía.


Soldado britànico y belga de la Gran Guerra
Los grandes héroes flamencos del conflicto son los hermanos Edward y Frans  Van Raemdonck, sargentos de infantería, nacionalistas flamencos y muertos durante una misión el 26 de marzo de 1917 en Stteenstraet en el frente del Yser. La leyenda afirma que fueron encontrados abrazados uno al otro y muertos en una guerra que no era la suya. La leyenda sostiene que Frans la víspera de su muerte había afirmado que si caía sería "por Flandes".


Pero en Bélgica ni siquiera los muertos escapan a las querellas regionales que fragmentan el país y la comunidad francófona no tardó en cuestionar esa leyenda. Los historiadores sostienen que en realidad Frans Van Raemdonck fue hallado en brazos del soldado valón Amé Fievez y que Eward resultó muerto cuando buscaba a su hermano en la tierra de nadie entre las trincheras.


Los dos hermanos reposan como héroes en la cripta de la Torre del Yser, el monumento a la paz de 84 metros de altitud que se levanta en Dixmude y que se convirtió en un símbolo del movimiento pacifista y nacionalista flamenco. La torre, en forma de cruz, está dominada en su parte superior por las letras gigantes entrecruzadas AVV y VVK, que significan "Todo para Flandes, Flandes para Cristo".


Las paradojas del destino impusieron que los dos héroes flamencos deban compartir sepultura con el soldado francófono Fievez, porque los restos de los tres estaban entremezclados en la tumba común en el cementerio de Westvleteren cuando se decidió en 1932 el solemne traslado de los dos hermanos a la Torre del Yser. Hasta 1996, la presencia del soldado valón sólo aparecía reconocida con su nombre en la lápida, sin fecha de fallecimiento y sin la más mínima mención o explicación.  


Soldados alemanes camino de Ypres
Noventa años después del fin del conflicto, la Primera Guerra Mundial sigue presente en todos los rincones. Bruselas está plagada de monumentos, esculturas y placas conmemorativas del conflicto. En Ypres cada día a las 8 de la tarde se toca desde 1928 el "Last Post" en la puerta de Menen en recuerdo de los más de 600.000 soldados caídos en las sucesivas batallas libradas entorno a la ciudad durante la guerra.


La política flamenca alemana durante la ocupación para preparar la división del país en dos estados lingüísticos manejables, que se repitió durante la Segunda Guerra Mundial, atrajo la simpatía de los militantes flamencos. Pero generó una animadversión hacia el movimiento nacionalista por parte del resto del país y su sucesiva estigmatización como colaboracionista.


Estatua de soldado belga
Pese a ese rechazo, el movimiento nacionalista flamenco extrajo su fuerza de la utilización masiva de los soldados flamencos como carne de cañón en ofensivas inútiles por parte de oficiales francófonos que los menospreciaban y de la convicción de que Flandes había pagado un tributo mucho más elevado que el resto del país durante el conflicto sin que se reconociera ese sacrificio. El movimiento nacionalista se consolidó asociado al pacifismo con peregrinajes anuales a Torre del Yser.


La primera Torre del Yser fue dinamitada en marzo de 1946 en lo que se sospechó que era una represalia contra los nacionalistas flamencos por su colaboracionismo durante la Segunda Guerra Mundial. Como ocurre con excesiva frecuencia en Bélgica, el asunto nunca logró aclararse.


Esta actitud de rechazo a la Primera Guerra Mundial condujo a que Flandes olvidara alguno de sus héroes reales de la contienda, como Marthe Cnockaert, que actuó como espía británica mientras trabajaba como enfermera en el hospital alemán Roulers. Condecorada con las más altas distinciones británica y francesa, Cnockaert recibió incluso con la Cruz de Hierro alemana por los cuidados prestados a los soldados heridos enemigos de su país.


Poster de la película "I was a Spy"
Cnockaert, que asumió el apellido McKenna tras su casamiento, escribió en 1932 como Marthe McKenna sus memorías en inglés: "I was a Spy". El libro se convirtió en un best-seller, prologado nada menos que por Wistont Churchil, entonces primer lord del almirantazgo, y del que produjo al menos una película en 1933 en la que actuaba Conrad Veidt, el actor alemán antinazi protagonista de la primera versión tecnicolor del "Ladrón de Bagdad" y que posteriormente interpretaría al Major Heinrich Strasser en "Casablanca".


El libro de Cnockaert, del que se vendieron entonces más de 200.000 ejemplares, fue traducido al francés, al italiano e incluso al rumano. Pero no fue traducido al neerlandés hasta el año 2000 y aún gracias al redescubrimiento de Cnockaert por la historiadora Laurence Van Ypersele de la Universidad Católica de Lovaina.


Estos días precisamente la prensa francófona denuncia las maniobras internacionales del Gobierno regional flamenco para "apropiarse" de la conmemoración en el 2014 del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, ante la pasividad del Gobierno federal presidido por un flamenco y del gobierno regional francófono valón. El objetivo del Gobierno de Flandes, según la prensa francófona, es convertir el centenario del conflicto del 2014 al 2018 en una exaltación de Flandes que desdibuje aún más a Bélgica como país y beneficiarse del lucrativo negocio del denominado "turismo de la paz", que visita los escenarios de la Primera Guerra Mundial.


Bélgica, una ficción de país


(Publicado originalmente el 16 de julio de 2008)


Desde hace ya mucho tiempo, Bélgica es sólo una ficción de país, a la que se aferra con desesperación la minoría francófona porque no tiene nada más. Los flamencos, que representan aproximadamente el 60% de la población belga, tienen Flandes como referencia nacional de identidad, pero los francófonos sólo tienen Bélgica.

Poster de la campaña en favor de la unidad
Los flamencos, la comunidad históricamente pobre, marginada y despreciada social y políticamente, no sólo se ha convertido en la región más rica y dinámica de Bélgica, sino que se ha transformado en un nación, con una agenda y unos objetivos políticos propios y con la voluntad de convertirse en un Estado.

La antaño todo poderosa comunidad francófona, que dominó económica, social y políticamente Bélgica hasta hace unas pocas décadas, se encuentra a la defensiva, empobrecida tras las sucesivas crisis de la minería y de la industria siderometalúrgica y por la  pérdida de la riqueza procedente del Congo y las otras colonias africanas, sin que haya sido capaz de generar un nuevo tejido empresarial potente que sustituya al perdido.

La comunidad francófona, repartida entre Bruselas y Valonia, depende de los fondos que aporta Flandes para mantener su actual nivel de protección social, el seguro de desempleo, las pensiones, las ayudas familiares, la asistencia sanitaria y la educación. Sin esas transferencias, la protección social francófona debería recortarse al menos en un 30%, según diferentes estudios.

Tres jovenes tras la manifestación de 2007
Los francófonos durante demasiados años no han sido conscientes del enorme esfuerzo financiero que ha supuesto para Flandes esas ayudas, ni del malestar creciente que se generaba en el norte del país por el autoabandono de Valonia en una crisis endémica y por su acomodo a una cultura del subsidio.

Hace un año y medio, el informativo ficticio en la televisión pública francófona sobre la proclamación de la independencia de Flandes y la muerte de Bélgica fue creído por decenas de miles de telespectadores, porque todos son conscientes de que el país está fracturado de forma irremediable desde hace mucho tiempo.

Las dos comunidades viven de espaldas, hablan lenguas distintas, leen diarios distintos, ven programas televisivos diferentes. Las novelas, las películas de éxito, incluso los comics de los niños son diferentes en el norte y en el sur del país. La mayoría de los francófonos desconoce el neerlandés y una parte muy importante de los flamencos no controla el francés.

Letreto en francés tachado en Kraainem
Al margen de la crisis política, los diarios y los informativos de la televisión flamencos y francófonos informan muy poco o casi nada de lo que ocurre en la otra parte del país y sólo para noticias negativas: la corrupción, los crímenes y los abusos del Estado del Bienestar de la zona francófona y la persecución del francés, el racismo y la corrupción de Flandes.

No existe desde hace varias décadas ningún partido político de ámbito estatal. Las relaciones entre los partidos flamencos y francófonos de la misma familia política son escasas o nulas. La fragmentación alcanza a todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso las federaciones deportivas están separadas.

Manifestación de 2007 en favor de la unidad de Bélgica
Las actuales negociaciones para reformar el Estado y ampliar los poderes de las regiones estaban abocadas al fracaso, porque lo que reclama Flandes es inaceptable para los partidos francófonos. Estos partidos no pueden permitir un recorte de los derechos políticos y judiciales de los residentes francófonos de la periferia flamenca de Bruselas, ni son capaces de gestionar el ajuste que implicaría el recorte de las transferencias que conlleva las reivindicaciones de Flandes.

Los partidos flamencos tampoco no pueden conformarse con menos, porque no pueden volver con las manos vacías después de haber incitado ellos mismos a su propio electorado con su visión nacionalista. Y menos con la presión constante de la extrema derecha independentista del Vlaams Belang (Interés Flamenco), que constituye la segunda fuerza política de Flandes.

Bélgica está abocada a un agónico proceso de descomposición, porque las dinámicas políticas desencadenadas al norte y al sur del país con motivo de las elecciones del 10 de junio del 2007 han superado durante los últimos doce meses de enfrentamientos el punto de no retorno y ya no existe una base compartida sobre la que poder construir un proyecto común estable y duradero.