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Lecciones de la crisis de Libia


(Publicado originalmente el 12 de abril de 2011)

La crisis en Libia está lejos de resolverse, pero los casi dos meses transcurridos desde el inicio de la protesta popular contra el régimen autoritario del coronel Muammar Gadafi permiten ya extraer algunas lecciones sobre la estrategia político-militar de la Unión Europea (UE) que pueden ser extrapolables a otras crisis internacionales.
Caza noruego durante las operaciones aliadas en Libia
Primero. La diplomacia declarativa no sirve para nada, sólo tranquiliza la conciencia de quien las emite. Las puras declaraciones de condena de la represión del régimen de Gadafi que emitió inicialmente la UE no tuvieron, ni podían tener ningún resultado práctico, porque no iban acompañadas de medidas de presión adecuadas para intentar detener esa represión.
Segundo. Cuando se declara públicamente que un régimen es ilegítimo y ya no puede seguir dirigiendo un país, como hizo posteriormente la UE con Gadafi, hay que estar dispuesto a adoptar de inmediato todas las medidas políticas, económicas e incluso militares necesarias para derribar ese régimen y a apoyar activamente a la oposición de ese país por todos los medios posibles sin escatimar recursos. Si no se está dispuesto o preparado para ello, es mejor entonces no romper las relaciones diplomáticas con ese régimen e intentar influir en el mismo a través de incentivos económicos y políticos.
Buques de la OTAN en la misión de Libia
La UE puso contra el muro al régimen de Gadafi, pero luego no adoptó medidas contundentes adecuadas para empujar su caída. Incluso, la adopción de sanciones económicas se produjo con una enorme lentitud.
Si no hubiera sido por la firmeza de Francia y Gran Bretaña, que se movilizaron para obtener un aval de la ONU para una intervención militar limitada en Libia, las fuerzas de Gadafi hubieran barrido a la población rebelde y hubieran llegado hasta la frontera egipcia. Entonces, la UE hubiera emitido una vez más una declaración de condena inútil, pero Gadafi se habría consolidado en el poder y la revuelta popular habría sido aplastada, lo que a su vez habría enviado una señal demoledora para las esperanzas de democratización en el mundo árabe.
Basta recordar que el primer ataque aéreo francés en Libia el 19 de marzo se produjo para evitar la inminente caída de Benghazi, el último bastión de los rebeldes, después de que las fuerzas de Gadafi hubieran recuperado una tras otra la mayoría de las ciudades rebeldes ante la pasividad de la UE..
Tercero. Cuando se decide una intervención militar, como en el caso actual de Libia, hay tener previamente una estrategia política clara de los objetivos a corto, medio y largo plazo que se quieren obtener y los medios que se está dispuesto a utilizar para ello. Esta estrategia es la gran ausente de la intervención en Libia y explica los vaivenes de las operaciones.
Cazas franceses en la operación aliada en Libia
La intervención se ha iniciado oficialmente para proteger a la población civil, pero el objetivo político real debería ser hacer posible el derribo del régimen de Gadafi por su población, ya que la UE y la comunidad internacional no pueden permitirse que se perpetúe en el poder un líder al que se ha decidido acusar de crímenes contra la humanidad y al que el Tribunal Penal Internacional de la ONU está preparando su imputación.
La ausencia de una estrategia clara explica que los ataques de la OTAN no hayan sido más contundentes y no hayan destruido con más intensidad y rapidez las capacidades militares de Gadafi para precipitar su caída. Esta falta de una estrategia elaborada también explica el escaso apoyo político, económico y logístico a los rebeldes. La UE y la OTAN están simplemente reaccionando día a día la evolución de los acontecimientos sobre el terreno sin un plan claro a largo plazo, y esto puede conducir a un conflicto de larga duración y a un estancamiento de la situación, con toda la peligrosa inestabilidad regional y la pérdida de la credibilidad occidental que genera.
Cuarto. La crisis ha demostrado que la ministra europea de Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, no es la persona adecuada para este cargo tan importante y en el que se habían puesto tantas esperanzas. En lugar de diseñar y promover una política exterior adecuada para los intereses de la UE y de convencer a cada uno de los 27 países de respaldar esa política, Ashton se ha limitado a convertirse en el portavoz de Exteriores de la desunión de los Veintisiete.
La 'ministra' europea de Exteriores, Catherine Ashton 
La falta de visión global internacional y geoestratégica, de coraje político y de iniciativa de Ashton quedó patente desde el inicio de la revuelta árabe en Túnez, se agravó en la crisis de Egipto y se ha transformado en un desastre en la actual crisis de Libia. Ashton incluso prefirió enviar una delegación a Trípoli en medio del conflicto en lugar de enviarla a Benghazi.
Ashton ha optado por la actitud pasiva de asumir el mínimo común denominador de la división de los Veintisiete, en lugar de actuar hábilmente para sumar voluntades alrededor de una política exterior europea coherente, como hacía su antecesor en el cargo, Javier Solana, con muchísimos menos medios a su disposición. Han tenido que ser Francia y Gran Bretaña quienes asumieran ese papel de movilizar a la UE y a la comunidad internacional.
Si Ashton no cambia radicalmente su actitud, la política exterior europea seguirá siendo la suma desorganizada de los intereses divergentes de los Veintisiete, sin cohesión y con limitada efectividad e influencia a nivel internacional. 

Bélgica va a la deriva


(Publicado originalmente el 27 de enero de 2011)


Nueve meses después de la caída del Gobierno y siete meses y medio después de las elecciones generales del 13 de junio, Bélgica se va a la deriva. Las profundas divergencias entre los partidos de la mayoría flamenca y de la minoría francófona sobre la reforma del Estado y de la financiación de las regiones condujeron ayer al último mediador real a arrojar definitivamente la toalla.

Una pareja se da un beso bajo la bandera belga
Alberto II ha aceptado la dimisión irrevocable del senador socialista flamenco Johan Vande Lanotte y ha iniciado una nueva ronda de consultas para buscar un nuevo mediador para una misión que cada vez más parece imposible: lograr un acuerdo entre flamencos y francófonos y constituir un Gobierno.

“El impasse es total”, titulaba hoy en la portada el diario La Libre Belgique. “Sin compromiso no hay país” titulaba Le Soir. El llamamiento a los partidos políticos por parte de los más de 30.000 manifestantes el pasado 23 de enero en las calles de Bruselas a consensuar un Gobierno no ha servido de nada. “Vergüenza”, titulaba el diario flamenco De Morgen, recogiendo el eslogan de los manifestantes.

Los partidos flamencos y francófonos se responsabilizaban hoy mutuamente del nuevo fracaso de la clase política belga. Los flamencos acusan a los francófonos de encerrarse en un inmovilismo y los francófonos les reprochan de pretender reformas irrealistas.

Amo a Bélgica en neerlandés
Los independentistas de la Nueva Alianza Flamenca (NVA), vencedores de las pasadas elecciones, y los democristianos flamencos (CDV), segunda fuerza política flamenca, reclaman en su última propuesta como mínimo una regionalización de las políticas de empleo y asistencia sanitaria. “Inaceptable”, han respondido los socialistas (PS) y centristas (CDH) francófonos, que ven en ello la ruptura de la solidaridad interna del país y la preparación del desmantelamiento de Bélgica.

Flandes, la región más poblada, más rica y más dinámica del país, reclama un sustancial incremento de competencias y una modificación radical del sistema de financiación para reducir las cuantiosas transferencias de fondos hacia la deficitaria y empobrecida comunidad francófona, con una baja recaudación fiscal, un paro muy elevado y cuantiosos subsidios sociales.

La unión hace la fuerza, dice la pancarta 
Los partidos francófonos quieren limitar el alcance de la reforma y de la financiación regional por temor a ver reducidos sustancialmente el dinero público que la comunidad francófona recibe del Estado, lo que obligaría a recortar las prestaciones sociales o a subir los impuestos ya muy elevados.

Todo el mundo coincide en que la convocatoria de nuevas elecciones no resolvería los problemas, sino que radicalizaría aún más la situación. Mientras el monarca inicia una nueva ronda desesperada de consultas, Bélgica se encamina a batir el récord mundial de país sin Gobierno, superando a Irak, como muestra implacablemente el contador digital de la web Le Record du Monde.

Bélgica, una crisis existencial


(Publicado originalmente el 24 de mayo de 2010)

A tres semanas de unas elecciones legislativas clave para el futuro de Bélgica (13 de junio), el país da la impresión de ir más a la deriva que nunca. Mientras los partidos y la población flamenca se preparan para acudir a las urnas con el decidido objetivo de transformar el actual Estado Federal en un Estado Confederal, la población francófona parece dominada por la apatía y los partidos francófonos, anclados en una estrategia de resistencia numantina a las exigencias de la mayoría flamenca, no parecen capaces de presentar ninguna alternativa viable al progresivo desmantelamiento del estado belga que va realizando Flandes.
Joven belga a favor de la unidad del país
Bélgica es un país fracturado desde hace muchos años, en el que las comunidades flamenca y francófona viven cada vez más separadas y de espaldas una de la otra, con una creciente radicalización nacionalista en Flandes en cada una de las elecciones desde el inicio del nuevo siglo.
La enésima crisis política del país, con la tercera dimisión del primer ministro, Yves Leterme, en tan solo dos años, y la convocatoria de elecciones anticipadas a causa de los conflictos regionales, refleja esa realidad social con toda su crudeza.
Tras las elecciones de junio del 2007, Bélgica necesitó diez meses de tormentosas negociaciones políticas para lograr formar una inestable coalición gubernamental democristiana-liberal-socialista de cinco partidos. Después de los comicios del 13 de junio, la tarea se presenta todavía más ardua e incierta.
SIN BASE PARA UN CONSENSO
Las posiciones entre los partidos flamencos y francófonos son tan distantes que no existe una base encima de la que construir un consenso sobre el modelo de estado y de relaciones entre las dos comunidades. «¿Este país tiene aún algún sentido?», se preguntaba en la portada el principal diario francófono Le Soir el pasado 23 de abril, condensando en una sola frase la situación real de Bélgica.
Letrero en francés tachado en Kraainem
La actual crisis es fruto de la pugna entre flamencos y francófonos por el control político y lingüístico de la periferia de Bruselas. Pero es mucho más profunda y va mucho más allá del bloqueo de la escisión del distrito electoral y judicial que une Bruselas con los 35 municipios flamencos de su periferia que ha hecho caer al Gobierno. Es la propia concepción de Bélgica y de la convivencia de las dos comunidades lo que está en cuestión.
Flandes, la comunidad más poblada, rica y dinámica de Bélgica, se ha transformado a lo largo de las últimas décadas en una nación de facto, con una agenda y unos objetivos políticos propios y con la voluntad de convertirse a la larga en un Estado.
Tras la segunda guerra mundial, los flamencos, la comunidad históricamente pobre, marginada y despreciada social y políticamente, han ido asumiendo paulatinamente un creciente peso económico y político en Bélgica, que les ha permitido lograr un reconocimiento de derechos regionales y lingüísticos cada vez más amplio. Ahora, al sumar el 60% de la población, detentan asimismo la mayoría del Parlamento federal.
RADICALIZACIÓN  NACIONALISTA
El éxito electoral de la extrema derecha independentista flamenca, el Vlaams Belang (Interés Flamenco, antiguamente denominado Vlaams Blok) ha empujado además a los demás partidos flamencos a asumir unas posiciones cada vez más nacionalistas y exigir poderes cada vez más amplios para Flandes.
Oficina del Vlaams Belang en Mechelen
La disolución del antiguo partido nacionalista flamenco Volksunie (Unión Popular) en 2001 y la integración de parte de sus miembros en los demás partidos flamencos han acentuado esta tendencia.
La Nueva Alianza Flamenca (NVA), donde se agruparon la mayoría de los antiguos miembros de Volksunie y que defiende la independencia a medio plazo de Flandes, aparece precisamente como favorito en las elecciones y los primeros sondeos le auguran convertirse en el partido con más diputados en el nuevo Parlamento federal belga: 22 de 150 escaños.
La NVA obtendría, según los sondeos, el 22,9% de los votos de Flandes, 4 puntos por delante de los democristianos (CDV). Sumando los votos atribuidos a las fuerzas radicales, Vlaams Belang (12,5%) y Lista Dedecker (3,9%), los partidos que apoyan la independencia de Flandes suman casi el 40% de las intenciones de voto.
Sede de la presidencia de Flandes en Bruselas
Tras obtener un Estado Federal en 1993, el objetivo ahora de Flandes es lograr un Estado Confederal, con una total regionalización de los impuestos y de la seguridad social, que la minoría francófona teme que sea la antesala de la escisión definitiva.
A LA DEFENSIVA Y SUBSIDIADOS
La comunidad francófona representa alrededor del 40% de la población y vive repartida en Walonia y Bruselas. Frente a los flamencos que tienen Flandes como referencia identitaria nacional, los francófonos son quienes defienden una Bélgica lo más integrada posible, porque necesitan las subvenciones con los fondos recaudados en Flandes para mantener su nivel de vida y porque si Bélgica se disuelve no les queda nada.
Manifestación de mayo de 2010
La antaño todo poderosa comunidad francófona, que dominó económica, social y políticamente Bélgica hasta hace unas pocas décadas, se encuentra a la defensiva. Está empobrecida tras las sucesivas crisis de la minería y de la industria siderometalúrgica y por la pérdida de la riqueza procedente del Congo, sin que haya sido capaz de generar un nuevo tejido empresarial potente que sustituya al perdido.
Sin las transferencias procedentes de Flandes, la protección social francófona debería recortarse en un 30%, según determinados estudios. La comunidad francófona no ha sido consciente del enorme esfuerzo financiero que ha supuesto para Flandes esas ayudas, ni del malestar creciente que se generaba en el norte del país por el autoabandono de Walonia a una crisis endémica y por su acomodo a una cultura del subsidio y al seguro de paro prácticamente eterno.
SIN  NEXOS  DE  UNIÓN
La fijación de la frontera lingüística definitiva que instauró una división de Bélgica por la mitad en 1962, alejó decisivamente a una comunidad de otra. Desde hace varias décadas no hay ningún partido de ámbito estatal y las relaciones entre los partidos flamencos y francófonos de la misma familia política son nulas. La fragmentación alcanza todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso las federaciones deportivas están separadas.
Libros sobre la crisis política belga  
Cada comunidad vive en su mundo, ve televisiones diferentes y  lee unos diarios diferentes que sólo dan noticias negativas de lo que ocurre en la otra parte del país: Corrupción francófona, impunidad de los delincuentes y abusos de la protección social en los medios de comunicación flamencos y corrupción flamenca y persecución de los francófonos en Flandes en los medios de comunicación francófonos.
Hasta las novelas, las películas, los programas televisivos y los cómics de éxito son diferentes a un lado y otro de la frontera lingüística. Los flamencos suelen saber francés, pero evitan hablarlo en su territorio, mientras que un alto porcentaje de francófonos no sabe neerlandés. 
Joven con la bandera belga pintada en la cara
En este contexto, los flamencos exigen acabar con el distrito electoral y judicial de Bruselas-Hal-Vilvoorde (BHV) para establecer la homogeneidad territorial, política y lingüística de Flandes y para frenar lo que consideran una creciente «invasión francófona» de su territorio.
Los partidos francófonos se resisten a esa escisión porque recortaría el derecho de los 150.000 francófonos que residen en la periferia flamenca de Bruselas a ser juzgados en francés, a utilizar en francés en sus relaciones con la administración y a votar a partidos de su lengua. Los francófonos consideran esa escisión como una vulneración de las garantías dadas cuando se fijó la frontera lingüística del país. Para los flamencos es esencial consolidar la frontera lingüística como frontera política, mientras que los francófonos ven en ello la preparación de la independencia de Flandes.
APATÍA Y DESCRÉDITO
Pese a ese temor francófono a la ruptura del país, la movilización ciudadana en defensa de la unidad de Bélgica es muy débil. Las banderas tricolores belgas han reaparecido en las ventanas y balcones de la capital, pero con menos intensidad que en el 2007, y la manifestación celebrada el pasado 16 de mayo en Bruselas en defensa de Bélgica fue un fracaso. Apenas participaron en ella unas 3.000 personas, mientras que en el 2007 una manifestación similar movilizó a 35.000 personas en la capital, aunque también supuso una participación escasa para una población francófona de unos 4 millones de personas.
Bandera belga en Bruselas en una vivienda
A la apatía ciudadana se suma un marcado descrédito de los políticos belgas, en especial de los francófonos, con la acumulación de casos de corrupción, prebendas y apaños entre amigos y cada vez más alejados de la realidad cotidiana de los ciudadanos. 


Los partidarios de boicotear el voto obligatorio para expresar su repulsa al establishment político, a pesar del riesgo de ser multados con 55 euros, se están mostrando muy activos. Esta campaña ha encontrado el respaldo público de figuras destacadas, como el cantante flamenco Stijn Meuris. El web www.jenevotepas.be ha conseguido más de 5.000 adhesiones en muy pocos días y otros grupos en Factbook,  que proponen ir a la piscina en lugar de acudir a votar también acumulan más ya más de 12.000 adherentes.

Bélgica, una ficción de país


(Publicado originalmente el 16 de julio de 2008)


Desde hace ya mucho tiempo, Bélgica es sólo una ficción de país, a la que se aferra con desesperación la minoría francófona porque no tiene nada más. Los flamencos, que representan aproximadamente el 60% de la población belga, tienen Flandes como referencia nacional de identidad, pero los francófonos sólo tienen Bélgica.

Poster de la campaña en favor de la unidad
Los flamencos, la comunidad históricamente pobre, marginada y despreciada social y políticamente, no sólo se ha convertido en la región más rica y dinámica de Bélgica, sino que se ha transformado en un nación, con una agenda y unos objetivos políticos propios y con la voluntad de convertirse en un Estado.

La antaño todo poderosa comunidad francófona, que dominó económica, social y políticamente Bélgica hasta hace unas pocas décadas, se encuentra a la defensiva, empobrecida tras las sucesivas crisis de la minería y de la industria siderometalúrgica y por la  pérdida de la riqueza procedente del Congo y las otras colonias africanas, sin que haya sido capaz de generar un nuevo tejido empresarial potente que sustituya al perdido.

La comunidad francófona, repartida entre Bruselas y Valonia, depende de los fondos que aporta Flandes para mantener su actual nivel de protección social, el seguro de desempleo, las pensiones, las ayudas familiares, la asistencia sanitaria y la educación. Sin esas transferencias, la protección social francófona debería recortarse al menos en un 30%, según diferentes estudios.

Tres jovenes tras la manifestación de 2007
Los francófonos durante demasiados años no han sido conscientes del enorme esfuerzo financiero que ha supuesto para Flandes esas ayudas, ni del malestar creciente que se generaba en el norte del país por el autoabandono de Valonia en una crisis endémica y por su acomodo a una cultura del subsidio.

Hace un año y medio, el informativo ficticio en la televisión pública francófona sobre la proclamación de la independencia de Flandes y la muerte de Bélgica fue creído por decenas de miles de telespectadores, porque todos son conscientes de que el país está fracturado de forma irremediable desde hace mucho tiempo.

Las dos comunidades viven de espaldas, hablan lenguas distintas, leen diarios distintos, ven programas televisivos diferentes. Las novelas, las películas de éxito, incluso los comics de los niños son diferentes en el norte y en el sur del país. La mayoría de los francófonos desconoce el neerlandés y una parte muy importante de los flamencos no controla el francés.

Letreto en francés tachado en Kraainem
Al margen de la crisis política, los diarios y los informativos de la televisión flamencos y francófonos informan muy poco o casi nada de lo que ocurre en la otra parte del país y sólo para noticias negativas: la corrupción, los crímenes y los abusos del Estado del Bienestar de la zona francófona y la persecución del francés, el racismo y la corrupción de Flandes.

No existe desde hace varias décadas ningún partido político de ámbito estatal. Las relaciones entre los partidos flamencos y francófonos de la misma familia política son escasas o nulas. La fragmentación alcanza a todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso las federaciones deportivas están separadas.

Manifestación de 2007 en favor de la unidad de Bélgica
Las actuales negociaciones para reformar el Estado y ampliar los poderes de las regiones estaban abocadas al fracaso, porque lo que reclama Flandes es inaceptable para los partidos francófonos. Estos partidos no pueden permitir un recorte de los derechos políticos y judiciales de los residentes francófonos de la periferia flamenca de Bruselas, ni son capaces de gestionar el ajuste que implicaría el recorte de las transferencias que conlleva las reivindicaciones de Flandes.

Los partidos flamencos tampoco no pueden conformarse con menos, porque no pueden volver con las manos vacías después de haber incitado ellos mismos a su propio electorado con su visión nacionalista. Y menos con la presión constante de la extrema derecha independentista del Vlaams Belang (Interés Flamenco), que constituye la segunda fuerza política de Flandes.

Bélgica está abocada a un agónico proceso de descomposición, porque las dinámicas políticas desencadenadas al norte y al sur del país con motivo de las elecciones del 10 de junio del 2007 han superado durante los últimos doce meses de enfrentamientos el punto de no retorno y ya no existe una base compartida sobre la que poder construir un proyecto común estable y duradero.