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Bélgica, un país marcado por la Primera Guerra Mundial


(Publicado originalmente el 13 de noviembre de 2008)

Bélgica es un país marcado por la Primera Guerra Mundial. Las fuerzas desatadas por aquella carnicería sin fin determinan el presente social y político cotidiano del fracturado país aún hoy, 90 años después del Armisticio que puso término a "la Der des Ders" (la Última de las Últimas), cuya solemne conmemoración se celebró el pasado 11 de noviembre.

Estatua de un soldado belga caído en la guerra
A diferencia de Alemania y Austria, que sufrieron enormes amputaciones territoriales tras la Gran Guerra, Bélgica amplió su territorio nacional con la incorporación de los cantones alemanes de Eupen y Malmedy y sus posesiones coloniales en el corazón de África con Rwanda y Burundi. Pero la traumática ocupación alemana --suave en comparación con la de la Segunda Guerra Mundial-- y la extrema dureza de los más de cuatro años de guerra de trincheras en Yser, en el extremo occidental del país, desencadenaron un combativo nacionalismo flamenco, que determina hoy el debate existencial belga y la división del país en dos comunidades separadas.


La conmemoración del Armisticio es una de las festividades políticas más importantes del país. Por parte de la comunidad francófona la festividad está asociada a la propia supervivencia histórica de Bélgica, mientras que en Flandes se vincula a la reivindicación nacionalista y a un pacifismo en las antípodas de la exaltación de la patria belga.


Tras la finalización del conflicto, la Bélgica francófona exaltó los héroes salvadores de la patria, con el rey Alberto I al frente de todos. Fueron glorificados el alcalde de Bruselas, Adolphe Max, el cardenal Mercier, el general Mathieu Leman (defensor de Lieja), el general Jules Marie Alphonse Jacques (defensor de Dixmude),  numerosos oficiales y la joven Gabrielle Petit (espía al servicio de Gran Bretaña), entre otros.


La glorificación de estas figuras, sin embargo, se limitó a la Bélgica francófona. La comunidad flamenca, desprovista de oficiales, carecía de grandes héroes que encajaran en el molde de salvadores de la patria. Por ello, la comunidad flamenca se orientó a exaltar los valores universales de la fraternidad humana y adoptó una actitud de rechazo a la Gran Guerra, como reacción frente una Bélgica francófona, que les despreciaba y oprimía.


Soldado britànico y belga de la Gran Guerra
Los grandes héroes flamencos del conflicto son los hermanos Edward y Frans  Van Raemdonck, sargentos de infantería, nacionalistas flamencos y muertos durante una misión el 26 de marzo de 1917 en Stteenstraet en el frente del Yser. La leyenda afirma que fueron encontrados abrazados uno al otro y muertos en una guerra que no era la suya. La leyenda sostiene que Frans la víspera de su muerte había afirmado que si caía sería "por Flandes".


Pero en Bélgica ni siquiera los muertos escapan a las querellas regionales que fragmentan el país y la comunidad francófona no tardó en cuestionar esa leyenda. Los historiadores sostienen que en realidad Frans Van Raemdonck fue hallado en brazos del soldado valón Amé Fievez y que Eward resultó muerto cuando buscaba a su hermano en la tierra de nadie entre las trincheras.


Los dos hermanos reposan como héroes en la cripta de la Torre del Yser, el monumento a la paz de 84 metros de altitud que se levanta en Dixmude y que se convirtió en un símbolo del movimiento pacifista y nacionalista flamenco. La torre, en forma de cruz, está dominada en su parte superior por las letras gigantes entrecruzadas AVV y VVK, que significan "Todo para Flandes, Flandes para Cristo".


Las paradojas del destino impusieron que los dos héroes flamencos deban compartir sepultura con el soldado francófono Fievez, porque los restos de los tres estaban entremezclados en la tumba común en el cementerio de Westvleteren cuando se decidió en 1932 el solemne traslado de los dos hermanos a la Torre del Yser. Hasta 1996, la presencia del soldado valón sólo aparecía reconocida con su nombre en la lápida, sin fecha de fallecimiento y sin la más mínima mención o explicación.  


Soldados alemanes camino de Ypres
Noventa años después del fin del conflicto, la Primera Guerra Mundial sigue presente en todos los rincones. Bruselas está plagada de monumentos, esculturas y placas conmemorativas del conflicto. En Ypres cada día a las 8 de la tarde se toca desde 1928 el "Last Post" en la puerta de Menen en recuerdo de los más de 600.000 soldados caídos en las sucesivas batallas libradas entorno a la ciudad durante la guerra.


La política flamenca alemana durante la ocupación para preparar la división del país en dos estados lingüísticos manejables, que se repitió durante la Segunda Guerra Mundial, atrajo la simpatía de los militantes flamencos. Pero generó una animadversión hacia el movimiento nacionalista por parte del resto del país y su sucesiva estigmatización como colaboracionista.


Estatua de soldado belga
Pese a ese rechazo, el movimiento nacionalista flamenco extrajo su fuerza de la utilización masiva de los soldados flamencos como carne de cañón en ofensivas inútiles por parte de oficiales francófonos que los menospreciaban y de la convicción de que Flandes había pagado un tributo mucho más elevado que el resto del país durante el conflicto sin que se reconociera ese sacrificio. El movimiento nacionalista se consolidó asociado al pacifismo con peregrinajes anuales a Torre del Yser.


La primera Torre del Yser fue dinamitada en marzo de 1946 en lo que se sospechó que era una represalia contra los nacionalistas flamencos por su colaboracionismo durante la Segunda Guerra Mundial. Como ocurre con excesiva frecuencia en Bélgica, el asunto nunca logró aclararse.


Esta actitud de rechazo a la Primera Guerra Mundial condujo a que Flandes olvidara alguno de sus héroes reales de la contienda, como Marthe Cnockaert, que actuó como espía británica mientras trabajaba como enfermera en el hospital alemán Roulers. Condecorada con las más altas distinciones británica y francesa, Cnockaert recibió incluso con la Cruz de Hierro alemana por los cuidados prestados a los soldados heridos enemigos de su país.


Poster de la película "I was a Spy"
Cnockaert, que asumió el apellido McKenna tras su casamiento, escribió en 1932 como Marthe McKenna sus memorías en inglés: "I was a Spy". El libro se convirtió en un best-seller, prologado nada menos que por Wistont Churchil, entonces primer lord del almirantazgo, y del que produjo al menos una película en 1933 en la que actuaba Conrad Veidt, el actor alemán antinazi protagonista de la primera versión tecnicolor del "Ladrón de Bagdad" y que posteriormente interpretaría al Major Heinrich Strasser en "Casablanca".


El libro de Cnockaert, del que se vendieron entonces más de 200.000 ejemplares, fue traducido al francés, al italiano e incluso al rumano. Pero no fue traducido al neerlandés hasta el año 2000 y aún gracias al redescubrimiento de Cnockaert por la historiadora Laurence Van Ypersele de la Universidad Católica de Lovaina.


Estos días precisamente la prensa francófona denuncia las maniobras internacionales del Gobierno regional flamenco para "apropiarse" de la conmemoración en el 2014 del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, ante la pasividad del Gobierno federal presidido por un flamenco y del gobierno regional francófono valón. El objetivo del Gobierno de Flandes, según la prensa francófona, es convertir el centenario del conflicto del 2014 al 2018 en una exaltación de Flandes que desdibuje aún más a Bélgica como país y beneficiarse del lucrativo negocio del denominado "turismo de la paz", que visita los escenarios de la Primera Guerra Mundial.


Lecciones de la guerra de Georgia


(Publicado originalmente el 15 de agosto de 2008)


La corta pero cruenta guerra desarrollada en Georgia durante la última semana permite extraer ya algunas primeras lecciones del conflicto en la actual fase de tregua frágil. La primera es que la Unión Europea (UE), cuando actúa de forma políticamente autónoma, tiene la capacidad diplomática de encauzar graves crisis internacionales hacia soluciones pacíficas negociadas, como demostró la presidencia francesa de la UE al lograr arrancar en un tiempo récord de Moscú la suspensión de las operaciones militares de represalia por la brutal agresión de Georgia a la población de Osetia del Sur. Fue la UE y no EEUU quien tuvo que resolver la crisis.

El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili
La segunda lección es que Georgia, a pesar de la opinión de EEUU y sus aliados de Europa del Este, no es un país suficientemente maduro ni responsable para estrechar sus lazos con la UE y la OTAN, ya que sigue considerando que los conflictos se resuelven por la fuerza de las armas. La política de aventurismo militar del presidente georgiano, Mijail Saakashvili, no sólo ha causado la innecesaria destrucción de la capital de Osetia del Sur y la muerte de centenares de sus habitantes, sino que ha atraído la desgracia hacia su propio pueblo, al desencadenar con su ataque suicida una intervención militar rusa en gran escala de represalia. El ataque del ejército georgiano a Osetia del Sur además ha destruido probablemente cualquier posibilidad de reintegrar en el futuro la región separatista en el seno de Georgia.

Si Georgia fuera miembro de la OTAN o estuviera en el proceso de adhesión, el conflicto habría podido arrastrar a la Alianza Atlántica a una peligrosa confrontación no deseada con Rusia. La experiencia demuestra que no se puede integrar en una organización militar, como la OTAN, a un estado con serios conflictos regionales sin resolver, como es el caso de Georgia con Osetia del Sur y Abjacia, las dos regiones rusófonas semiindependientes desde principios de los 90, porque eso transforma los conflictos de un solo estado en unos conflictos de todos los países aliados 

En la UE, la integración de Chipre sin reunificar es una constante fuente de tensiones y problemas, que complican las relaciones de Europa con Turquía. Esos contenciosos repercuten también en el seno de la OTAN, con obstáculos de Ankara a planteamientos de los países aliados europeos como represalia por los vetos chipriotas a gestos europeos hacia la comunidad turca del norte de Chipre.

La UE y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, han conseguido un éxito internacional de primer orden al presentar un plan de paz que hizo posible detener los combates antes de que la crisis degenerada. Fueron Sarkozy y el ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, quienes se desplazaron a Moscú y Tbilisi para resolver el conflicto, mientras que EEUU se limitaba a repetir vacuas amenazas. La secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, sólo se ha desplazado a Tbilisi cuando las armas habían callado y para tratar de respaldar públicamente a Saakashvili. Hay que recordar que las gestiones diplomáticas europeas y del responsable de la política exterior de la UE, Javier Solana, ya detuvieron a principios de la década la incipiente guerra civil étnica en Macedonia y facilitaron la separación pacífica de Serbia y Montenegro.

George Bush y Mijail Saakashvili
La tercera lección de la guerra de Georgia es que hay que contar con Rusia, aunque sus blindados parezcan vetustos en comparación con el moderno equipamiento norteamericano de que disponen las fuerzas de Georgia. La Administración de George Bush ha seguido actuando como si Rusia siguiera hundida en la época de Boris Yeltsin, que acababa plegándose a las exigencias occidentales.

La metódica política de reconstrucción del Estado ruso llevada a cabo con procedimientos autoritarios por el actual primer ministro y anterior presidente ruso, Vladimir Putin, y los ingentes ingresos procedentes de las exportaciones de gas y petróleo han devuelto a Rusia su capacidad de actuar como gran potencia. Rusia vuelve a ser un actor internacional ineludible, cuyas posiciones, preocupaciones y razonamientos hay que tener en cuenta.

La cuarta lección es que el ejemplo de Kosovo comienza a repercutir en la escena internacional. La recepción en el Kremlin del presidente ruso, Dmitri Medvedev, a los líderes de las regiones separatistas georgianas de Abjacia y Osetia del Sur anticipa que Moscú defenderá a partir de ahora con más ahínco los intereses de las poblaciones de ambos territorios. La pretensión de la UE, la OTAN y EEUU de que Kosovo es “un caso excepcional que no puede invocarse como precedente” resulta ingenua y fútil.

La estrategia norteamericana de afianzar su influencia en el Cácuaso a través del respaldo incondicional a Saakashvili y de alimentar sin freno sus ambiciones se ha revelado errónea. EEUU ha perdido credibilidad entre la población de Georgia al no haber aportado su respaldo militar cuando las fuerzas rusas repelieron el intento de conquistar Osetia del Sur y Washington corre el riesgo de enajenarse con este conflicto la cooperación de Rusia en otras crisis internacionales mucho más graves, como la guerra de Afganistán, el programa nuclear iraní o el proceso de paz de Próximo Oriente.

Sorprende que desde la OTAN, las instituciones europeas y EEUU se centren las críticas y condenas en la actuación de Rusia, sin que en ningún momento se condenara el ataque destructivo y el bombardeo artillero de las fuerzas de Georgia a la capital de Osetia del Sur, Tskhinvali.